Isla Negra - Casa de poesía y literaturas

Otras memorias de Roberto

 

 

     ROBERTO SOSA EN LOS BARRIOS.

Gustavo Zelaya.

 

La muerte de Roberto Sosa merece más que estas simples palabras, no puedo decir más. Sólo doy gracias a Iris Mencía por recordarlo de tan buena forma y a su hijo Néstor, a la familia completa quiero decirles un poco de mi memoria: que ese viejo de barba cana y gorra bien puesta, con pinta de sabio pero sin esas pretensiones, también escribió prosa de gran calidad que nos sirvió tanto a entender este suelo. Y la página literaria que tuvo años atrás, "Cronopios", en diario Tiempo, la convirtió en lugar para que muchos publicáramos algunos remedos de ensayos. De la mano de otro glorioso Roberto, Castillo, el de los cuentos memorables, tuvimos oportunidad de aprender algo de Sosa. En un telefonazo a las ocho de la mañana le comuniqué al poeta Sosa la muerte del Roberto Castillo, el honesto, cuentista, amigo.

 

Además buena parte de los  poemas de Roberto Sosa fueron cantados, musicalizados por distintas generaciones. El poema Tegucigalpa fue cantado entre 1970-1976 en los conciertos del Instituto Central por un artista que después fundó un grupo de rock, los Speed; Jorge Berlioz le puso música y lo coreaban los del Central cuando quedaba frente al parque La Merced, de esa época es la generación del pelón Santander, Luís Sosa y Marco Moreno, incorregibles e indomables  miembros del FAR. También está algo más reciente como la versión de Karla Lara a la Casa de la Justicia. Dos cantos extraordinarios. Es probable que algunos escritos políticos estén guardados en su escritorio.

 

Quiero significar que Sosa impactó en varias generaciones de hondureños, y de ello no se jactó; lo conocíamos en las barriadas, en el club juvenil de Reparto Arriba, en el colegio, en el callejón de El Olvido y en los bajos del puente La Isla, los locos de la época lo leíamos con sed, con ganas de disfrutarlo, y lo andábamos junto a Briznas de Viento del poeta Rivas y, por supuesto, cerquita de Siddhartha de Herman Hesse, y otros escritos que eran sólo para locos. En esa década entre 1969 y 1979, los lugares menos pensados de Tegucigalpa también eran centros de discusión política y cultural.

 

Seguramente que no era bien considerado en Las Lomas del Guijarro y en lugares parecidos, ni por muchas autoridades universitarias. Peor en estos tiempos después del golpe de estado del 2009.Todo ello para felicidad y deleite de muchos. Es que Roberto Sosa era nuestro, de aquí abajo y no de las élites económicas. Pero lo tuvieron que aguantar. Ahora querrán brindarle ceremonias oficiales y que lo hagan si quieren. Van a seguir aguantándolo.

Y aquel profundo poeta, una de nuestras joyas intelectuales,  también tuvo gestos picarescos, al más puro estilo de los buenos barrios de Tegucigalpa, como la calidad ácida de sus apodos, duros, eficaces, retratos completos.  Hay uno de ellos que ha quedado para la posteridad, para gran dolor del que lo porta, y es una patente exclusiva del poeta Roberto Sosa, "Rata Gorda", inolvidable, habrá más que irán saliendo. Nos queda Roberto Sosa a todos los que queremos a Honduras. Nos queda para siempre y para los que vendrán a liberar nuestro país.

23 de mayo de 2011

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