Isla Negra - Casa de poesía y literaturas

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Juan José Dalton: CASO DALTON: La verdad y el pedido de perdón es un acto digno

Escrito por revistaislanegra 20-05-2010 en General. Comentarios (0)

 - San Salvador, 19 de mayo de 2010

 

La dictadura por décadas sufridas en El Salvador y posteriormente el conflicto armado, fueron episodios largos y cruentos. Triste y doliente ha sido nuestra historia.
 
Hubo muchos salvadoreños, entre ellos mi padre Roque Dalton, que no sólo fueron vejados por la dictadura, sino que se enfrentaron a ella con su poesía, sus ideas, su humor sarcástico e irreverente, pero también poniendo el pecho y la mente para lograr un mundo mejor.
 
Con mi familia toda, los que están y no están en El Salvador, decidimos emprender un esfuerzo grande y sacrificado por establecer la verdad en relación al asesinato de nuestro padre.
 
Quisimos entablar un diálogo con el actual gobierno desde que Jorge Meléndez (Jonás), involucrado en el asesinato de Roque Dalton, fue juramentado en junio. Todavía más, antes del triunfo advertimos la inconsecuencia de incluir a Meléndez en el gobierno. Nuestro reclamo lo hacíamos con el derecho que nos protege la justicia universal y las leyes locales, aunque a diario se violan en El Salvador.
 
Hay testigos en el entorno del Presidente de la República, Mauricio Funes, entre sus Secretarios y Asesores más cercanos, que pueden dar fe de nuestro reclamo, e incluso, nos manifestaron el derecho que nos asistía de ser escuchados.
 
Quisimos sentarnos frente a frente con el Gobierno y no sólo para expresarles nuestro dolor, sino también que exploráramos salidas honorables, como debe ser en una democracia, aunque esto lógicamente no se trata de ninguna negociación política, sino de un acto de justicia y de respeto a la memoria de una personalidad relevante que fue martirizada.
 
Nunca nos hicieron el más mínimo caso. Es aquel menosprecio a la memoria del Roque Dalton humano e integrante de una familia adolorida, que hemos recibido durante 35 años. En realidad, la reacción oficial fue una sorpresa nunca esperada. 
 
Nuestras reivindicaciones no han variado desde hace 35 años. Año con año hemos clamado lo mismo, y hemos sufrido desengaños por la capacidad de Joaquín Villalobos, especialmente, de intentar desmarcarse reiteradamente del crimen. Por otra parte, Jorge Meléndez, dice “saber todo, pero que lo dirá cuando él quiera”.
 
Queremos dejar establecido de forma definitiva, y con todo el derecho que nos asiste, lo siguiente:
 
-         Las circunstancias reales en que se dio la muerte de Roque Dalton y Armando Arteaga. Sabemos, por boca de los victimarios, que los asesinados fueron muchos más.
-         Quiénes son los responsables intelectuales y materiales de la ejecución de Dalton y Arteaga
-         Cómo, cuándo y dónde los asesinaron
-         Dónde están sus restos, porque existen varias versiones sobre la sepultura
-         Si esta verdad es establecida, exigimos, por último, un humilde, sincero y valiente perdón.


Tenemos desde hace 35 años el corazón desgarrado. Nuestras abuelas María García y Carmen Vda. de Cañas, murieron sin saber dónde estaba su hijo y yerno, respectivamente. Rezaron hincadas todas las noches para pedirle a Dios que aparecieran sus restos para que tuviéramos el consuelo de ir a enflorarlos. Mi madre llora a diario por sus dos Roques muertos: su esposo y su hijo. Como hermanos, Jorge y yo, también lloramos y no nos avergüenza hacerlo en público porque, como ocurrió en la misa ofrecida por el padre José María Tojeira, en Capilla de la UCA el pasado 10 de mayo, también lloran nuestros leales amigos y admiradores de Roque Dalton.
 
Nuestro mensaje a la sociedad salvadoreña, pero en especial, a la izquierda social y política, es que tenemos que ser valientes para encarar la verdad: es lo moral y lo ético. No podemos aceptar enmascarar los crímenes y las injusticias. En nuestro mundo moderno hay dos símbolos de inhumanidad que por desgracia cruzaron nuestras fronteras y debemos hacer todo lo necesario para negarles la entrada, si es que quisieran  volver: esos símbolos son Adolfo Hitler y José Stalin; la extrema-derecha que nos quitó a Monseñor Romero y la extrema-izquierda que nos quitó a Roque Dalton.
 
También quiero ofrecerles unas palabras a los ex jefes, combatientes y masas del ERP. Ante ustedes, mil veces heroicos y sufridos hijos del pueblo salvadoreño, me arrodillo humildemente. Mi hermano Roquito cayó en la guerra, fue un guerrillero valiente como ustedes; hoy yace su cadáver confundido entre las piedras y los árboles de las montañas de Chalatenango; no tiene más flores que las siemprevivas silvestres de la campiña, pero allí está él reclamando justicia.
 
Yo también fui guerrillero, con orgullo llevo en el pecho la única medalla que tengo de la guerra: es el hueco de una bala que casi me arranca el corazón. Mi Arcatao heroico fue testigo de las gestas de junio de 1981, cuando el conflicto recién comenzaba y el comandante Douglas me tenía que prestar su fusil hasta que me ganara el propio en los combates. Después de herido fui capturado; conozco las sádicas torturas, pero con ellas los esbirros no lograron arrancar ni mi verdadero nombre. Viví un exilio cruel que sólo fue soportable gracias al calor del pueblo cubano.
 
A ustedes, ex militantes del ERP les digo: los asesinos de mi padre tienen nombre y apellido. Les agradezco en el alma a quienes han aportado datos para establecer la verdad y fortalecer las pruebas. Nuestro esfuerzo ayudará a lavar definitivamente la macha ingrata que Rivas Mira, Villalobos y Meléndez incrustaron en el alma del heroico ERP, al que con sus ideas mi padre también dio vida.
 
Reitero con toda responsabilidad y derecho humanista que seguiremos como familia luchando por la verdad y la justicia. Sin embargo, también a partir de este 75 aniversario del natalicio de Roque Dalton, el 14 de mayo, fuimos a la Fiscalía General para poner a prueba el buen funcionamiento de la institucionalidad de El Salvador, brindándole la oportunidad de enmendar la falta de justicia y verdad de la cual hemos sido víctimas.
 
A los victimarios de mi padres, les dijo: Si tuvieron hace 35 años la “valentía” de acabar con su vida y la de Arteaga, tengan hoy y en adelante, ante las leyes de El Salvador, el coraje y la dignidad de reconocer sus  culpas, revelar la verdad y pedir perdón.
 
A nosotros como familia se nos agotó la paciencia para seguir implorando en vano. Recalco: lo hemos hecho por 35 años (tres veces lo que duró la guerra civil). Lo que no se nos ha agotado es la voluntad de perdonar. El pueblo, desprovisto de su poeta, y Dios en el Cielo, también los van a perdonar, estoy seguro de ello. El derrame de amor de la poesía de mi padre terminará por llegar también hasta sus asesinos.
 
Cuando aparezcan los restos de Roque Dalton y de Armando Arteaga, se los vamos a entregar a su amado pueblo. Entonces, el Estado y el pueblo entero deberán hacer lo necesario para colocarlos en un lugar donde acudamos todos y todas, sin excepción, al encuentro de aquel juglar que un día le cantó a su propia Poesía, como símbolo de pueblo, vida, lucha y profundo amor:

Agradecido te saludo poesía
porque hoy al encontrarte
(en la vida y en los libros)
ya no eres sólo para el deslumbramiento
gran aderezo de la melancolía.
 
Hoy también puedes mejorarme
ayudarme a servir
en ésta larga y dura lucha del pueblo.
 
Ahora estás en tu lugar:
no eres ya la alternativa espléndida
que me apartaba de mi propio lugar
 
Y sigues siendo bella
compañera poesía
entre las bellas armas reales que brillan bajo el sol
entre mis manos o sobre mi espalda
 
Sigues brillando
junto a mi corazón que no te ha traicionado nunca
en las ciudades y los montes de mi país
de mi país que se levanta
desde la pequeñez y el olvido
para finalizar su vieja pre-historia
de dolor y de sangre.

www.albedrio.org

Eliseo Alberto Diego: los poetas no mueren

Escrito por revistaislanegra 10-05-2010 en General. Comentarios (0)

Los poetas no se mueren nunca —y menos, si los matan: es ley de la

vida y también de la muerte. En todo caso se convierten en fantasmas

muy tenaces. Los verdugos lo saben en carne propia porque cada letra

del poeta, cada palabra suya, cada verso limpio, les pega como una

bofetada. La única eternidad posible será la que conceda la poesía. La

poesía es don del hombre. “País mío no existes/ sólo eres una mala

silueta mía/ una palabra que le creí al enemigo”, dijo mi querido

Roque Dalton meses antes de que sus jefes guerrilleros del Ejército

Revolucionario del Pueblo (ERP) le metieran un balazo a traición, el

Día de las Madres de 1975, a cuatro tardes de cumplir 40 años —hace ya

treinta y cinco.

 

Cuando conocí a Roque, en la colmena habanera de los setenta, él era

el poeta más simpático del mundo. Lo recuerdo vestido con una camisa

blanca de mangas cortas, pantalón cualquiera y unas botas altas, mal

acordonadas. Más delgado que su malicia, tenía buena fama de

polemista. No soportaba los caprichos del poder ni el poder de los

caprichosos, y se peleaba de palabras con sus superiores o

subordinados, de igual a igual. Había logrado una pronta consagración

con su libro El turno del ofendido e iba dejando a su paso por la

ciudad un rastro de anécdotas (casi siempre inverosímiles) más un

reguero de amores que se sumaban, en centroamericana fugacidad, al

libro de las leyendas urbanas. Para acreditar sus hazañas con pruebas

de rigor, El Flaco Roque hubiera necesitado ser El Gato Dalton y

consumir más de siete vidas; así y todo, creo que tendría que robarse

otras tantas en alguna barata de mercado. Cómo explicar, sin creer en

Dios, sus mil quinientas páginas de poemas, sus dos escapes de la

cárcel minutos antes de ser llevado ante un pelotón de fusilamiento,

sus andanzas por todas las callejuelas de Praga (persiguiendo la

escurridiza sombra de Franz Kafka), sus travesuras en la Corea sin

humor de Kim II Sung y, por último, la confianza que tuvo en sus

camaradas de guerrilla aún sabiendo que ellos envidiaban rabiosamente

su inteligencia, su carisma y sus cojones.

 

¡Qué cosa tan jodida es descansar en paz!”, dijo el autor de Taberna

y otros lugares sin saber que él nunca tendría el privilegio del

reposo pues sus matadores siguen sin atreverse a decirnos por qué lo

acusaron de ser agente de la CIA si sabían bien que era una calumnia

ni dónde rayos lo enterraron horas después, aquella noche de

primavera. Muy cerca de la casa donde le dispararon en la nuca, las

mujeres más lindas del continente desfilaban por la pasarela de un

concurso de belleza. No me extrañaría que lo primero que haya hecho el

espíritu de Roque fuera irse volando a verlas modelar: ni cadáver, un

hombre como él se perdería esos bikinis.

 

El presidente salvadoreño Mauricio Funes acaba de nombrar en un alto

cargo de su gobierno a Jorge Meléndez, el valiente comandante Jonás,

un hombre que lleva en el cuerpo varias heridas de guerra y, en el

alma, la inconfesada pena de haber sido uno de los ejecutores del

poeta y su compañero en la muerte, el obrero Armando Arteaga, alias

Pancho. Los otros comandantes implicados, aún vivos, son Alejandro

Rivas Mira y Joaquín Villalobos —según confesión pública del propio

Villalobos. “Fue un tremendo error”, reconoció entonces. En entrevista

reciente, un Jorge Meléndez acorralado dijo al periodista Tomás

Andréu: “Yo no recuerdo el asesinato de Roque Dalton, recuerdo un

proceso político en el cual salieron muertos varios compañeros (…) No

soy asesino de Roque Dalton. En ese proceso del ERP con mucho orgullo

yo soy partícipe. (…) Las guerras son situaciones excepcionales de

mucho dolor, de muchos muertos, de faltas de ley, de decisiones

siempre arbitrarias (…) Yo estuve ahí y sé lo que pasó”. Han corrido

treinta y cinco mayos y Jonás no la ha aclarado nada.

 

La familia Dalton, de la cual me siento parte por razones largas de

contar, sólo pide que se sepa la verdad. Juan José y Jorge, hijos de

Roque, quieren rescatar el cuerpo del poeta: esta semana, encabezan

una cruzada a favor de la justicia. “No sabemos a dónde fue a parar su

cadáver, no hemos tenido esa oportunidad de ponerle una flor (…) Los

responsables de las torturas sicológicas y físicas que mi padre y

Armando Arteaga sufrieron durante su cautiverio, tienen nombre y

apellido. El gobierno (del presidente Funes) tiene dos caminos:

rectificar y despedir a Jorge Meléndez o ser cómplice de uno de los

involucrados en el crimen. Mayo seguirá siendo un mes sumamente triste

e injusto. Muy injusto”, ha dicho Jorge.

 

Roque escribió: “No temáis por mí y perdonad que me retire por un

momento. Voy a reírme de vosotros”.

 

Vosotros son ellos.

 

                                                                Envio: Tania Nesterovsky